Además de Bailo, el municipio reúne otros cinco pueblos repartidos entre la sierra de San Juan de la Peña y la Canal de Berdún. Cuatro siguen habitados todo el año —Alastuey, Arbués, Arrés y Larués— y el quinto, Paternoy, se quedó sin vecinos hacia 1970. Los une un mismo paisaje de cereal, carrascas y caminos de herradura, y una historia compartida: la del Bailés, el pequeño distrito medieval que los documentos ya nombran en el siglo X.
Alastuey

Encaramado a un pequeño cerro en el extremo occidental de la sierra, Alastuey es uno de los núcleos más recogidos del municipio: un puñado de casas de piedra muy juntas que se abren a una plaza de forma triangular. Su nombre, probablemente anterior a los romanos, aparece por escrito a finales del siglo X.

Su historia es un ir y venir entre la Corona y el monasterio de San Juan de la Peña. Un obispo llamado Sancho entregó su iglesia a los monjes; en 1076 el obispo García de Jaca la citaba al trazar los límites de su diócesis; a mediados del XIII era señorío del monasterio, en 1414 pertenecía al rey, y acabó de nuevo en manos monásticas hasta que la desamortización de 1839 sacó sus bienes a subasta. Del siglo XVII se conserva incluso un manuscrito, el «Libro de las preeminencias del lugar de Alastuey», guardado en la Biblioteca Provincial de Huesca.
Lo más valioso es la iglesia de San Miguel, de origen románico, con la banda de ajedrezado jaqués que tan bien identifica el arte de esta parte del Pirineo. Dentro hay un retablo barroco de columnas salomónicas trazado por Melchor de Ruesta en 1693. En la plaza se conserva también una construcción que pudo ser una antigua ermita románica y el pozo de piedra cubierto con falsa cúpula, que el inventario del patrimonio aragonés fecha en la baja Edad Media y que ya mencionaba Pascual Madoz a mediados del XIX.
Arbués

Arbués se asienta justo donde las últimas estribaciones de la sierra dejan paso al paisaje abierto de la Canal de Berdún. Es otro topónimo de raíz muy antigua, citado desde finales del siglo X con formas como Arbuassi o Arbosse. En 1004 un noble cedió sus posesiones en el lugar a San Juan de la Peña, y unas décadas después Ramiro I y su esposa Ermesinda hicieron lo mismo. En 1230 una incursión navarra por la Canal lo saqueó e incendió. Llegó a ser cabecera de su propio municipio en el siglo XIX y desde 1967 pertenece al de Bailo.

La plaza es su mejor carta de presentación. En ella se levanta la casa Anaya, un caserón de 1734 con fachada de sillería y una gran portada de medio punto bajo el escudo familiar: una de las casas nobles mejor conservadas de la comarca. La iglesia de San Pedro se rehízo entre los siglos XVII y XVIII sobre un templo románico anterior, del que conserva una portada tapiada con capiteles y un sillar con la figura de un personaje togado.
De este pueblo salió Galindo de Arbués, abad de San Salvador de Pueyo, a quien se recuerda como maestro de letras del joven Alfonso I el Batallador. Y desde Arbués arranca la variante PR-HU 157.1 del Sendero del Santo Grial, que sube a enlazar con el camino hacia San Juan de la Peña.
Arrés

Arrés ocupa una loma sobre la Canal de Berdún, con el Pirineo enfrente. Fue villa real y llegó a formar parte de la dote de la reina Ermesinda. En la segunda mitad del siglo XX estuvo a punto de quedarse vacío, con apenas una docena de vecinos; hoy tiene más de cuarenta y cinco, muchos de ellos llegados para vivir y trabajar aquí.
Por su calle principal pasa el Camino de Santiago francés en su ramal aragonés, el que baja del Somport a Jaca y sigue por la Canal hasta Puente la Reina, en Navarra. Arrés es final de etapa para quien sale de Jaca, y su albergue de peregrinos, municipal y atendido por hospitaleros voluntarios, tiene 22 plazas y recibe a unos 2.500 caminantes cada temporada, de abril a octubre.

Su silueta la dibujan dos edificios: la torre defensiva de finales del siglo XV —unos diez metros de piedra sillar con saeteras, declarada Bien de Interés Cultural y restaurada en 2013— y la iglesia parroquial de la Inmaculada Concepción, del siglo XVI. Entre ambas se mantiene el único tramo que queda de la muralla que cerraba el caserío. Al pasear merece la pena fijarse en las casas de entramado, en el horno de pan recién restaurado y en las chimeneas troncocónicas; una de ellas, con más de un siglo, conserva todavía su inscripción.
Desde la parte alta del pueblo, un sendero de unos diez minutos lleva a la Punta del Cerbero, un mirador natural desde el que se ve Jaca, el embalse de Yesa y toda la Canal de Berdún.
Larués

Larués se levanta en la vertiente de la sierra de San Juan de la Peña, rodeado de cimas que superan los mil metros, como el Sangorrín o el Puy d’Aras. La primera noticia escrita es de 1044, cuando Ramiro I concedió propiedades en la villa a uno de sus servidores; después fue señorío hasta finales del siglo XVIII. Vivió su mejor momento en la segunda mitad del XIX, con unos 350 habitantes, y tuvo ayuntamiento propio hasta 1971, cuando se unió a Bailo.

La iglesia de San Vicente, gótica en origen, fue reformada a comienzos del XVII por el cantero guipuzcoano Juan de Reyzu. Tiene tres naves y una portada flamígera muy fina, casi gemela de la de San Pedro de Sinués, en el valle de Aísa; dentro guarda el retablo mayor que talló hacia 1607 el sangüesino Juan de Berrueta. Entre las viviendas sobresale la casa-palacio de Don José, también del XVI, con relieves vegetales en la fachada y un oratorio barroco en su interior. A las afueras está la ermita de San Cristóbal, a la que se sube en romería por la segunda Pascua.
Además de la agricultura y el ganado, en Larués se trabaja la miel artesanal. Y de aquí salió uno de los artistas aragoneses más internacionales: el escultor Ángel Orensanz, nacido en Larués en 1940, que tras formarse en Barcelona y París se instaló en Nueva York. Allí compró la antigua sinagoga Ansche Chesed, de 1849, en el Lower East Side de Manhattan —el edificio sinagogal más antiguo que se conserva en la ciudad— y la convirtió en el centro cultural que lleva su nombre.
Paternoy

Al otro lado de la divisoria, ya en el valle del Asabón, queda Paternoy, uno de los despoblados más elocuentes de Aragón. Su nombre parece venir de Paterno, el primer abad de San Juan de la Peña nombrado por Sancho el Mayor, y la primera mención escrita es de 1086. Nunca fue grande: los recuentos de los siglos XV a XVII le atribuyen apenas seis hogares, y aun en 1900, su mejor momento, no pasaba de 132 vecinos repartidos en una veintena de casas.
Vivía de las ovejas. Los corderos se vendían a carniceros que los llevaban a Pamplona y a Huesca, y la lana se bajaba a vender a Bailo. Las fiestas de San Antón, el 17 de enero, duraban cuatro días y atraían a gente de Bailo, Arbués, Ena, Centenero o Botaya; en mayo se subía en romería a la ermita de San Sebastián, en la linde con Arbués. La emigración hacia Jaca y Sabiñánigo fue cerrando casas, y la última en apagar el fuego fue casa Colás.

El pueblo se ordenaba a lo largo de una calle, donde estaba la escuela, que desembocaba en una plaza presidida por la iglesia de la Asunción, un templo barroco del siglo XVII que reaprovecha dos crismones románicos en la torre. En 1994, además, un incendio arrasó miles de hectáreas de su entorno. El retablo de la iglesia se trasladó a Broto, y desde 2014 la iglesia figura en la Lista Roja del patrimonio en peligro de Hispania Nostra por hundimientos y robo de sillares.
Se llega por una pista de tierra de unos seis kilómetros que sale del puerto de Santa Bárbara. Si te acercas, hazlo con prudencia: las calles están invadidas por la vegetación y muchos edificios están en ruina.